Bety, llegó la noche y fui a mi punto de encuentro con el
diablo y allí estaba esperándome, más seductor y tentador que nunca, con su
sonrisa de galán de cine americano y su halo de telúrica grandeza, no pronuncié
palabra, su sola contemplación me privó del don de la palabra en una mezcla de
miedo y de intenso placer, me sentí enervado, como transportado al más allá,
cogido en volandas sobre la laguna me hizo ascender y contemplar Venecia desde
las alturas, la ciudad estaba dormida bajo la luz de la luna y brillaba como plata
bruñida bajo esa luz cenital, pasamos junto a las antiguas iglesias y todas
quedaban a nuestro paso veladas, oscurecidas, como si a nuestro paso se
ensombrecieran tapándose la cara por el rubor que las producía contemplarnos,
sobrevolamos a ras del agua los canales y al final nos posamos en una de las
cúpulas de San Marcos desde la cual pude contemplar cómo él, el diablo, hablaba
en no sé qué extraño idioma a la luna y a las estrellas y daba órdenes al
universo, conjurando al mundo a su antojo y a la humanidad a su servicio.
Quedé definitivamente mudo, pensé que jamás volvería a
hablar, mi pensamiento estaba bloqueado, aquello no era convertirme a nada,
aquello era descubrir que yo era parte del diablo, y que no podía escapar de
tal maldición, que aunque toda mi vida hubiera intentado vivir de espaldas a
esa evidencia, ahora, en aquel justo momento, toda mi vida anterior, mi
voluntad, mi bondad, mi fe, se habían desvanecido y habían sido arrojadas lejos
de mí, y entonces él, justo, entonces, mirándome fijamente a los ojos desde sus
ojos que eran como un abismo del que no podía escapar, me hizo la pregunta:
-
Dime, quieres ser mío para siempre?
(continuará)
El paseante
El paseante
Acojonante!!!
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