viernes, 20 de julio de 2012

La lectura del fin de semana. Kim de la India. Rudyard Kipling. 1901.


En esa época del año, el sol proyectaba gruesos rayos dorados entre las ramas bajas de los mangos; los periquitos y palomas torcaces llegaban a sus nidos por centenares; las dicharacheras siete hermanas, que hablaban sobre las aventuras del día, se lanzaban al vuelo y retrocedían por el camino en parejas o tríos, y pasaban rozando los pies de los viajeros, y el alboroto y las refriegas en las ramas eran señal de que los murciélagos estaban listos para salir de piquete nocturno. La luz fue concentrándose sobre sí misma con delicadeza y por un instante pintó de rojo sangre los rostros, las ruedas de los carromatos y la cornamenta de los bueyes. Luego llegó la noche, y cambió el tacto del aire, y cayó una bruma baja, uniforme, como un velo azul, sobre el rostro del país, e intensificó, dándole nitidez, el olor a humo de leña y a reses, y el delicioso aroma de las tortas de trigo cocinadas al calor de las brasas. La patrulla nocturna salió a toda prisa de la garita policial carraspeando sonoramente para darse importancia y repitiendo órdenes, y un ascua de carbón en la cazoleta del narguille de un carretero sentado a la vera del camino resplandecía al rojo vivo mientras Kim clavaba los ojos, absorto, en el último parpadeo del sol reflejado sobre las tenacillas de bronce.

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- ¡Cuidado! ¿Cuidado!
Kim dio un salto hasta colocarse junto al lama y tiró de él hacia atrás. Un ser alargado de color amarillo y marrón apareció deslizándose entre los susurrantes tallos purpúreos en dirección a la orilla, alargó el cuello para llegar hasta el agua, bebió y se quedó inmóvil: era una enorme cobra de mirada hipnótica y sin párpados.
- No tengo ningún palo... no tengo ningún palo - repitió Kim -. Conseguiré uno y le romperé la crisma.
- ¿Por qué? Está en la Rueda al igual que nosotros, es una vida que asciende o desciende, que se encuentra muy lejos de la liberación. Su alma debe de haber obrado muy mal para haberse reencarnado así.
- Odio todas las serpientes - advirtió Kim. Ni toda su experiencia como nativo pudo liberarlo de la fobia que siente el hombre blanco hacia las serpientes.
- Déjala vivir su vida.
El ser enrollado bisbiseó y desplegó su caperuza casi por completo.
- ¡Que tu liberación llegue pronto hermana! - prosiguió el lama con toda placidez -. ¿Por ventura sabes algo de mi río?
- Jamás he visto un hombre como tú - susurró Kim abrumado -. ¿Es que hasta las mismísimas serpientes entienden tu idioma?
- ¿Quién sabe? - Pasó a treinta centímetros de distancia de la ponzoñosa cabeza de la cobra. El polvoriento reptil se enroscó -. ¡Vamos! - gritó mirando atrás.
- No - respondió Kim -. Daré la vuelta.
- Vamos. No hace daño.
Kim dudó durante un instante. El lama reforzó la orden con una cita en chino pronunciada entre dientes que Kim tomó por un encantamiento. El muchacho obedeció y saltó el riachuelo, y, de hecho, la serpiente permaneció inmóvil.
- Jamás he visto un hombre así.- Kim se enjugó el sudor de la frente. - Y ahora, ¿adónde vamos?
 
Kim de la India
Rudyard Kipling

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