lunes, 3 de marzo de 2014

El verdadero amor.




El verdadero amor.


Recuerdo cuando leí El arte de amar de Erich Fromm, muy bonita la edición, lleva un gran rosa roja que ocupa toda la portada, lo leí en uno de mis veranos ibicencos en la playa tumbado desnudo al sol boca arriba, digo esto no por puro exhibicionismo, que también, sino porque con el libro me tapaba del sol y lo iba leyendo mientras, veía a los que pasaban cerca cómo primero miraban con deseo mi escultural cuerpo bronceado y acto seguido miraban el libro, debían de pensar que se trataba de un manual sexual tipo Kamasutra, y yo una especie de moderno Casanova, la gente es tan inculta en general.

Recuerdo que el libro me convenció totalmente, desde la razón te convence, Fromm diferencia enamorarse de amar, el enamoramiento pasa y el amor dura pero a base de cuidarlo, de cultivarlo creo que dice él como si fuera una planta.

Te convence, de entrada te convence, ves como la clave definitiva a tus torturas interiores, búsquedas sucesivas, desengaños, sufrimientos, pero al cabo de pensar un rato sobre ello llegas a la conclusión, o al menos yo llegué a esa conclusión, de que sólo me interesa enamorarme y para nada el amor, el amor según lo plantea Fromm es una especie de trabajo que te reporta beneficios a la larga pero que requiere paciencia y dedicación, vaya rollo, un castañazo, el enamoramiento para él es algo que no tiene una base sólida y por tanto en cuanto empieza a desmoronarse el puzle de hormonas y endorfinas varias debe uno poner inmediatamente a apuntalar la relación que amenaza ruina, es como resistirse a lo inevitable, a lo que debería pasar según el deber ser natural de las cosas.

¿Pero cómo se puede aconsejar algo así a alguien que toma el sol desnudo en Ibiza? Es un verdadero disparate, todavía si se lo recomendara a una señora gorda que se protege del sol debajo de una sombrilla, pero a mí, precisamente a mí…, me pareció una desfachatez, desde entonces decidí que para mí sólo existe enamorarse, vistos los ejemplos que conozco de parejas que se “aman”, o mi propio ejemplo cuando me he puesto a “amar”.


El paseante


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