jueves, 5 de febrero de 2015

¿Por qué se le da tanto valor político a la corbata?

El primer ministro griego, Alexis Tsipras, recibe una corbata de su homólogo italiano, Matteo Renzi / Samantha Zucchi (Cordon Press )

"Llevaré corbata cuando salga de la crisis”. Diez días después de ser nombrado primer ministro griego, pocos esperan que Alexis Tsipras vaya a lograr la tan ansiada recuperación de forma inmediata, pero no son pocos los que aguardan, como un gesto de conciliación (o de claudicación), que el líder de Syriza ceda en su particular cruzada estilística contra el accesorio burgués por excelencia. Lo intentó el pasado martes su homólogo italiano, Matteo Renzi, que en un arranque de patriotismo indumentario le regaló una corbata italiana. “Cuando llegue el momento en que Grecia salga de la crisis, que llegará, queremos que pueda usar una corbata italiana", afirmó Renzi de un modo a medio camino entre el emplazamiento publicitario, la fidelidad de casta y el elogio al Made in Italy –irresistible hasta para Hugo Chávez, que se hacía los trajes en Brioni.
 
Tsipras le rió la gracia y aceptó la corbata con elegancia, pero se mantuvo en sus trece. No en vano alguien con mucha más autoridad estilística que Tsipras, Vanessa Friedman –la editora de moda del The New York Timescalificaría al día siguiente su postura como “un ejemplo paradigmático de puesta en escena política”. “El mensaje es claro: te seguiré el juego cuando tú me lo sigas a mí”, explicaba la periodista estadounidense.

Desde luego, esta actitud tiene un poderoso valor simbólico al que se han adherido otros destacados miembros del ejecutivo griego. La divergencia de opiniones entre el Canciller de Hacienda británico, George Osborne y el flamante nuevo Ministro de Finanzas griego, el economista Yanis Varoufakis, tuvo su correlato en el enfrentamiento simbólico entre la impecable sastrería de Savile Row del primero y la combinación de camisa azul eléctrico y chaqueta de cuero del segundo. A partir de ahí, las posibles extrapolaciones son casi infinitas, porque la fuerza del gesto radica en su rechazo a aspectos que otros dan por sentados. Por ejemplo, que un político europeo ha de vestir como han vestido los políticos europeos desde finales del siglo XIX, cuando los oropeles aristocráticos dieron paso a la austeridad lujosa de los banqueros. O que Grecia debe pagar la deuda.


Como gesto es potente, aunque tampoco se puede decir que sea especialmente novedoso. Prescindir de corbata ha sido un gesto recurrente entre los políticos progresistas, quizás como un remanente de los tiempos en que la izquierda abogaba por una transformación integral del mundo (y de la indumentaria). Hay mucho de gesto vanguardista en el sincorbatismo, igual que lo hubo en el sinsombrerismo que, en el Madrid de los años veinte, llevó a artistas como Maruja Mallo o Federico García Lorca a caminar con la cabeza descubierta por las calles más elegantes de Madrid. También de rechazo al excesivo formalismo de los rituales burgueses. Incluso de revisionismo histórico. Cuando el presidente uruguayo Jose Mújica la define como “un trapo miserable que se transformó en coquetería masculina” y “una servilleta bien incómoda”, improvisa una lección de Historia del Traje aunque aluda al calor.

El calor fue, precisamente, el origen de uno de los rifirrafes más mediáticos del verano de 2011, cuando el entonces Ministro de Industria Miguel Sebastián se presentó en el hemiciclo sin corbata, para disgusto del presidente del Congreso, José Bono, que le afeó su falta de respeto a los ujieres que estaban obligados a llevar corbata. Miguel Sebastián respondió regalándole un termómetro y una ristra de datos energéticos. En el imaginario colectivo estaba, quizás, la evolución estilística de Felipe González, que para muchos perdió sus raíces de izquierdas cuando comenzó a sustituir la chaqueta de pana y la camisa de cuadros por la sastrería y la corbata. Si el referéndum de la OTAN vino en traje y corbata, no es raro que Tsipras haya rechazado sin dudarlo el obsequio (pulla incluída) de Renzi. Hay regalos envenenados, y los griegos conocen el mito de Medea lo suficiente para suponer que, en ocasiones, las corbatas pueden convertirse en sogas.

Carlos Primo es autor de Prodigiosos mirmidores (Capitán Swing, 2012), donde disecciona la figura del dandi desde la literatura


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