martes, 17 de febrero de 2015

La noche loca del moños (Un asesino en las calles 105).




105 – La noche loca del moños.

El moños se había rapado la cabeza a fin de no ser reconocido por nadie, aparte de eso se dejó barba y se puso unas gafas de montura gruesa, cambió de forma de vestir, decidió ponerse una chupa de cuero y unos pantalones vaqueros, un grueso cinturón de gran hebilla, botas camperas, sudadera con capucha y un foulard que compró en los chinos, en fin, que iba hecho un cuadro, muy importante era haberse quitado el pelo, en él era su señal distintiva, de ahí el nombre del moños, y haberse dejado barba, eso tapaba sus rasgos ligeramente aniñados y su sonrisa de conejo inconfundible, la verdad es que se miró al espejo y se dijo a sí mismo que estaba irreconocible, ni él mismo se reconocía, se hizo una foto frente al espejo del baño en recuerdo de su transformación, también pensó que el raparse le vendría bien si quería utilizar peluca, había pensado comprarse una peluca a lo Andy Warhol para camuflarse pero por ahora no era necesario, así era suficiente, ni siquiera la Brutta le reconocería si le volviera a ver, no al menos por la cara…, estaba hospedado en el hotel Leganitos en la calle del mismo nombre, a un paso de la Comisaría en la que trabajaba Carballo, y muy cerca también de la de Bruttini en la calle Luna, al llegar de Vancouver pensó que lo mejor era estar lo más cerca posible del comisario si quería verle, verle?, y para qué?, tal vez eso sólo lo supiera el moños. El sábado, día de San Valentín, aprovechó para hacer el turista por Madrid, Museo del Prado, Palacio Real, Thyssen, Reina Sofía…, era un gran amante del arte, pintor frustrado y un tanto intelectual, tenía pensado ir a la tarde al teatro, Ionesco en el María Guerrero le pareció una buena opción, a ver si esta vez conseguía entender una obra de Ionesco por fin, después de ver la función regresó caminando al hotel cruzando Chueca, pasó por la puerta del Divas pero decidió que no le apetecía volver a ver a la Brutta, él no sabía que la Brutta era en realidad su odiado subcomisario Bruttini, el lugarteniente de Carballo, no tenía ganas por el momento de echar un polvo, había quedado algo cansado del furioso polvo que la noche anterior le había echado a la Brutta en su camerino, ya tenía una edad, no era un niño, y se recuperaba lentamente de los esfuerzos sexuales, aunque el cuerpo de la Brutta le ponía a 100 decidió tener una noche tranquila, al llegar cerca del hotel decidió callejear y pasó por un sitio que a esas horas abría sus puertas, Strong se llamaba, parecía un antro de lo más poco recomendable, decidió entrar, el lugar parecía un antiguo garaje reconvertido en discoteca, estaba vacío totalmente, a lo que se ve se animaba mucho más tarde, los camareros le miraban de hito en hito sorprendidos de su ignorancia sobre los horarios del local, se pidió un whisky, era de garrafón, lo notó enseguida, Madrid no había cambiado apenas en 30 años, en los garitos seguían poniendo licores de garrafa, daba igual, lo saboreó con gusto, como si saboreara el sabor de su juventud, se concentró en la música, realmente no era tan mala aunque el objetivo del local no era que la clientela escuchara música o bailara, estaba claro, el objetivo del local era que la clientela tuviera encuentros sexuales, era un local gay, tenía un laberinto oscuro lleno de cabinas con un mingitorio dentro cada una, una sala de cine con unos altos butacones corridos para propiciar la intimidad, y un cuarto oscuro del tamaño de un campo de fútbol, el ambiente era un tanto tétrico.

(continuará)


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