miércoles, 18 de febrero de 2015

La mariconera (Un asesino en las calles 107).



107 – La mariconera

Menos mal que el moños no se llevó la pequeña mariconera de Bruttini que quedó tirada en un rincón de la cabina, apenas pudo tantear Bruttini en la oscuridad para encontrarla de lo oscuro que estaba, al subcomisario no le temblaba el pulso en estas situaciones tan comprometidas, estaba formado para ello, había sido adiestrado para poder salir airoso de situaciones mucho peores, recogió del suelo la mariconera, comprobó que dentro estaba el billetero y las llaves del apartamento de Carballo en el que ahora estaba viviendo y salió con la cabeza alta de la cabina, cruzó todo el laberinto, salió a la pista de baile y bajo los focos intermitentes de las luces de la pista de baile todos le miraban como si se tratara de una aparición desnudo completamente como iba con la mariconera cruzándole el pecho, parecía un cruzado, subió las escaleras hacia la salida ante la mirada atónita del portero quién en toda su vida de portero en semejante garito nunca había presenciado nada igual, de esta manera Bruttini pasó a los anales de la historia del Strong, y hay que decir que salió airoso, valiente y decidido a la calle donde el frío del invierno madrileño le recibió sin misericordia, su cuerpo brillaba bajo la glauca luz de las farolas, subió por la calle Veneras hasta la plaza de Santo Domingo para luego por el tramo final de la calle Leganitos salir a la plaza del Callao, cruzar la Gran Vía y meterse en el portal del edificio en el que vivía Carballo, quién no haya ido nunca completamente desnudo por la calle a las cinco de la madrugada de un sábado día de los enamorados no sabrá nunca lo que sintió Bruttini, pero tal vez la experiencia sea de lo más recomendable y una vez superada ya no se dé importancia a nada en la vida y el mundo se vea de manera diferente a partir de ese momento, la desnudez es algo que conturba, la propia y la ajena, sin embargo convengamos que Bruttini no hacía nada ilegal ni prohibido, ni tan siquiera algo inmoral, razón por la cual los policías no hubieran nunca podido detenerle, y si lo hubieran intentado además a Bruttini sólo le hubiera bastado enseñar su carnet de subcomisario que llevaba dentro de la mariconera, pero como en Madrid nunca hay policía a mano no hubo ningún problema, ni rastro de la poli, pensó Bruttini, pues mejor, así evito el escándalo de tener que identificarme, si bien tenía preparado decir que le habían robado la ropa unos gamberros depravados, los turistas y noctámbulos que pasaban a esas horas por la Gran Vía no dejaron de tomarle fotos y al día siguiente todas poblaban la red, un caso único fue el de aquella noche, cuando llegó al apartamento se duchó a fin de desprenderse de toda esa podredumbre física y moral que le había caído encima esa noche de oscura pasión y se acostó en la flamante cama recién comprada en Ikea no sin antes dejar la mariconera en la flamante mesilla comprada en Ikea y apagar la lamparita de noche igualmente comprada en Ikea, redecora tu vida, pensó Bruttini, y se echó a llorar amargamente. Qué pena!

(continuará)


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