miércoles, 18 de febrero de 2015

El ser y la nada (Un asesino en las calles 108).




108 – El ser y la nada

Bruttini no era tan instruido como el moños, no había leído El ser y la nada de Sartre, y los sentimientos que poblaban su corazón unidos a los pensamientos que poblaban su cerebro no tenían para él explicación posible, pensaba simplemente que había tocado fondo, que era el final de su vida, de probo defensor del orden, diligente padre de familia, devoto esposo, hijo ejemplar, había pasado a ser eso, eso que no sabía ni calificar lo que era, un drama, Sartre le hubiera ayudado bastante a relativizar la situación anímica en que se encontraba, pero él no había leído a Sartre, no por el momento al menos, pues bien, Bruttini era consciente de que al día siguiente iría al pueblo a ver a Carballo, pero sería capaz de contarle todo aquello?, y lo más importante, era necesario hacerlo?, dentro de pocas horas saldría el sol y la ciudad volvería a su frenesí, él cogería el Jeep del garaje y enfilaría rumbo al pueblo del Comisario Carballo quién apaciblemente en compañía de sus queridas mascotas pasaba unos días de anonimato y retiro forzoso, amén de convalecencia, en ese rincón de la Alcarria tan apreciado por él, muy poético, pero frente a toda esa poesía tan idílica se encontraba el arrastrado Bruttini sin saber bien qué hacer, cómo comportarse, qué decir, Carballo era un verdadero sabueso y sabría leer en él seguro lo que había sucedido, cuando más grande era su angustia surgió una idea redentora, acaso tal vez Carballo habría tenido alguna aventura parecida en algún momento de su vida?, le haría esto más comprensivo con su desgracia?, Bruttini tampoco había leído Los infortunios de la virtud del Marqués de Sade, no era, según antes se puso de manifiesto, una persona excesivamente cultivada, pero si lo hubiera leído sabría ver en su infortunada virtud una esperanza de redimirse simplemente aceptando su débil naturaleza humana de la cual había estado toda su vida huyendo, tratando de no reconocerse esa debilidad connatural en él que le constituía y hacía de él quién en realidad era y sin la cual Bruttini no hubiera sido nunca Bruttini, por acción o por reacción, lástima de su incultura porque para eso sirven los libros, para hacernos más libres y más felices, más sabios y más fuertes, acto seguido Bruttini se durmió en su infeliz ignorancia y soñó con el moños, soñó que el moños le mataba, le cortaba la cabeza con una espada y la tiraba al río Manzanares desde lo alto del Puente de Segovia una noche de luna llena, terrible, despertó alterado pero descansado y aliviado al comprobar que al menos le quedaba la vida, a partir de ahí iba a remontar, al menos no había perdido ese mínimo vital, la vida, valga la redundancia, y en su cabeza cargada aún con los efluvios del whisky de garrafón comenzaron a resonar los acordes de la canción de Serrat Para la libertad, y esa frase que decía: aún tengo la vida, aún tengo la vida…

(continuará)

No hay comentarios:

Publicar un comentario