miércoles, 18 de febrero de 2015

Otra vez soñando con el moños! (Un asesino en las calles 109).




109 – Otra vez soñando con el moños!

Otra vez soñando con el moños!, se dijo Carballo a sí mismo cuando se despertó de sus sueños con el moños y con Bruttini, pobre chico!, pensó, espero que no le haya sucedido ni le vaya a suceder nada de lo que he soñado, y esta obsesión con el moños a qué se deberá?, tal vez sea algo patológico en mí, debería ir al psicólogo?, será una especie de manía persecutoria?, todo esto se preguntaba Carballo mientras el domingo por la mañana al despertarse salía a duras penas de las nebulosas de sus pesadillas y trataba de quitarse de encima a sus dos perritos y a su gatito que dormían plácidamente apoyados sobre él impidiéndole cualquier movimiento, apenas se desperezó salió a la terraza de la buhardilla donde tenía el dormitorio, contempló el paisaje con los últimos restos de nieve en las laderas de las montañas y respiró el aire puro del invierno que le llenó de frío los pulmones revitalizándolo, el sol de la mañana comenzaba a insinuarse tímidamente entre unas nubes extáticas como grandes zepelines, Carballo pensó entonces en la eternidad, en que ese paisaje seguiría ahí después de que él ya no estuviera, siempre idéntico, y en que otro Carballo se asomaría como él hace a la terraza a contemplar ese mismo lugar en una mañana de un invierno futuro seguramente.
Bruttini llegaría a la hora de comer, algo quería comentarle el pobre chico, qué le habría sucedido?, algo le pasaba, estaba claro, decidió ir a pasear hasta el pueblo de al lado con los perritos, el camino era perfecto, bucólico, como sacado de un cuadro de la escuela inglesa, todo en su sitio en una especie de paisajismo espontáneo no por eso menos medido, el mejor jardinero la naturaleza, está claro, el camino rural era en realidad la cañada real Galiana, por donde los rebaños trashumantes iban y venían antiguamente de España a las Galias y viceversa, de ahí el nombre, según la estación del año, en busca de pastos, en el punto medio del recorrido había una preciosa ermita románica en piedra dedicada a Santiago Apóstol, aquel tramo de la cañada real Galiana era parte de un ramal lateral del camino de Santiago que utilizaban los peregrinos para incorporarse al camino principal durante la Edad Media desde las tierras más meridionales, todo estaba impregnado de historia, caminando junto a las huertas, oyendo el rumor de discurrir del agua en el río, volvió Carballo a pensar en la eternidad, en el paso del tiempo, en el paso del hombre sobre la tierra, y en su paso por la vida, su misión, su esperanza, le pareció todo ello como veleidades de joven romántico, algo que tal vez pese a su edad aún era, y recordó Las ensoñaciones del paseante solitario de Rousseau, su libro favorito del cual había tomado el nombre y la filosofía que inspiraban su blog, la filosofía del paseante, del caminante, caminante no hay camino, se hace camino al andar, y de la reflexión a hilo de lo que uno ve al pasar por los lugares y al hilo del movimiento de la mente, la imaginación, que se mueven en paralelo al movimiento de los pies sobre el camino, toda una filosofía de vida, la del pasar quizás sin apenas dejar huella más que en nuestro interior, verdadera aventura de vivir la de vivir hacia dentro.
Santiago era su apóstol favorito, le tenía mucha fe, cuando llegó a la ermita paró para rezar mirando la imagen del santo a través de las celosías de la puerta, siempre hacía allí un alto, luego al reemprender el camino miraba la higuera que había enfrente de la ermita y el árbol de lilas en primavera siempre florecidas, no dejando nunca de aspirar su delicioso aroma, pero ahora era invierno y todo lucía sin verdor, despoblado el campo de sus galas parecía ceñirse su alma constricta a tanta desolación, dejándola enjuta de sentimientos y algo pesarosa por la falta de abundancia de los dones de la naturaleza que el invierno deparaba.
Pero debía seguir sin pausa, quería tener tiempo al regresar para preparar la casa y prepararse él para la visita, el sol brillaba cada vez con mayor intensidad, la mañana estaba radiante de luz, reverberaba su luz entre la nada del invierno, entre su despoblado paisaje que tanto se asemejaba en ese momento de su vida al alma del comisario Carballo.
Al llegar a la casa para hacer tiempo hasta la llegada de Bruttini decidió leer el capítulo tercero de La verdadera historia de Cony y Brown:

3 - La mayor enemiga de Cony era Tipi.



La mayor enemiga de Cony dentro de la empresa era Tipi, una mujer de mediana edad entrada en carnes, pelo ralo, prominentes gafas y escaso sentido del humor, no soportaba a Cony por envidia, envidiaba su talle esbelto, sus rasgos perfectos, su mirada seductora, su astucia, su inteligencia, ella era a su lado como una pelotilla, parecía que en lugar de andar iba a echar a rodar, se la tenía jurada a Cony, Tipi era amiga además del gran jefazo lo cual complicaba mucho las cosas para Cony, por eso Cony se enrolló con Murdog, al fin y al cabo Murdog era parte de la red, la mafia, la camarilla, como quisiera denominarse, y ellos eran los que mandaban, conseguían lo que querían, sexo, dinero, poder, podían hacerte la vida realmente imposible, por ese motivo Cony no tuvo más remedio que pegarse a la pestilente bola de sebo de Murdog.
Brown con frecuencia se preguntaba cómo lograrían hacer el amor Murdog y Cony, le resultaba imposible pensar que alguien con ese volumen corporal pudiera tener sexo con otra persona, se imaginaba además el pene de Murdog como una especie de pilila infantil que no servía para nada, apenas un diminuto colgajo escondido debajo de la inmensa barriga, y qué haría Cony con aquello se preguntaba Brown, debía de ser repugnante además de muy dificultoso llegar a tener sexo con Murdog, a Brown le parecía una verdadera pesadilla, pero estaba claro que algo harían, Brown se imaginaba posturas, imaginaba el cuerpo de Cony, sus perfectas proporciones, su rosada piel de tacto de seda, deslizarse de alguna manera por entre los escondrijos de aquella masa informe de carne pegajosa, entre aquel aliento putrefacto, entre aquel olor corporal del diablo, bajar hasta las profundidades del sexo de Murdog y meterse la abyecta pilila entre sus carnosos labios carmesí, entre sus preciosos dientes como de marfil, tomarlo con su suave y cálida lengua y lamerlo hasta que la pilila exhausta exhalara su repugnante jugo.

Pobre Cony pensaba Brown pero luego se arrepentía de sentir pena por ella, tenía lo que se merecía, ella se lo había buscado, en lugar de estar junto a él que la hubiera dado todo, estaba junto a una morsa hedionda que la explotaba y hasta la haría entregarse seguramente a otros de la red, Brown estaba convencido de que Murdog hacía que Cony se prostituyera, que hiciera favores sexuales a destacados miembros de la red a cambio de su impunidad, pero Brown sospechaba que eso no podía durar y que un día se acabaría todo de mala manera, de la peor manera.

Brown desde Vancouver 

(continuará)

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