miércoles, 18 de abril de 2012

Homosexualidad y psicoanálisis.

Escena de la serie de tv Física y química.
Con alguna ligera corrección que no altera nada substancial, ésta fue  mi comunicación en un debate sobre homosexualidad y psicoanálisis, que tuvo lugar hace algunos años en la sede de la Asociación Catalana de Psicoterapia  Psicoanalítica de Barcelona. 

A lo largo de su historia el psicoanálisis, o mejor dicho los psicoanalistas,  expresan  alguna ambivalencia respecto de la homosexualidad. No era el caso de Sigmund Freud, quien hizo siempre muy patente su posición. En una carta del 9 de abril de 1935, respondiendo a una señora  americana preocupada por las tendencias de su hijo,  el inventor del  psicoanálisis le escribía “La homosexualidad no es  evidentemente una ventaja pero  no es nada de lo que se tenga que avergonzar, no es un vicio ni tampoco  podríamos calificarla de enfermedad, nosotros la consideramos como una variante de la función sexual, provocada por una detención del desarrollo sexual. Muchos individuos altamente respetables, desde los  tiempos antiguos a los modernos han sido homosexuales y entre ellos  encontramos grandes hombres (Platón, Miguel Ángel, Leonardo da Vinci, etc.) Es una gran injusticia perseguir la homosexualidad como un crimen, y también es una crueldad. Si usted no me cree, lea los libros de Havelock Ellis”.
Es decir que para Freud, si los homosexuales eran algo en todo caso eran algo así como inmaduros, enunciado que si nos ubicamos en la época en que fue dicho era todo un progreso.
Esta posición era coherente con su premisa sobre la condición bisexual del ser humano. Recordemos que para Freud la definición sexual era un proceso complejo en el que además de los caracteres anatómicos  participaban la identificación sexual predominante y la elección de objeto. El sexo era un misterio mucho más que anatómico (esa es la razón por la que desde la  Cuarta Conferencia Mundial sobre la Mujer, Pekín 1995 se pretende, en mi opinión muy equivocadamente hablar de “género”).  Para Freud el sexo se trataba de un conjunto de tres elementos (la anatomía, la identificación y la elección de objeto) del que se desprendían varios subconjuntos de combinaciones posibles. Por ejemplo, una fijación infantil a la madre, acompañada  de una decepción del padre en el caso de la joven homosexual y una búsqueda  de jóvenes discípulos  para amar  tal como idealmente la madre lo habría querido a él, en el caso de Leonardo da Vinci. Para Freud intentar transformar un homosexual plenamente desarrollado en un heterosexual era una empresa tan inútil como la operación inversa de querer transformar un heterosexual  en homosexual y  pretender explicar  cómo alguien había llegado a ser homosexual era tan complicado como la operación contraria de explicar cómo se había definido heterosexual.
El tema ya había sido objeto de luchas internas entre los primeros psicoanalistas. Encontramos en  Roudinesco y Plon  el relato de aquel mes de diciembre de 1921 en que dentro del comité secreto que dirigía la recientemente creada IPA se batieron berlineses contra vieneses  alrededor de la cuestión de si los homosexuales podían o no ser analistas. Los vieneses, representados por Ferenczi, Rank y Freud perdieron la partida frente a los berlineses, liderados por Karl Abraham y con el espaldarazo de Ernest Jones, quien sostenía que “a los ojos del mundo la homosexualidad es un crimen repugnante y si fuera cometido por uno de nuestros miembros nos traería un grave descrédito”.
De esta manera, promovida por Jones, quien traía sobre sus espaldas una acusación por abuso sexual en el Canadá, y contra la opinión de  Freud se extendió la exclusión de los homosexuales de la legitimidad para acceder a psicoanalista.
¿Quién tenía razón? ¿Y qué  significa  tener razón en este caso?
Anna Freud   jugó un papel predominante. Para ella la sospecha de homosexualidad era la peor de todas y estremece imaginar cómo habrá sufrido los comentarios del milieu psicoanalítico  sobre su amistad con Dorothy Burlingham.  En l956  invitó a la periodista Nancy Procter-Gregg a no citar en un artículo en The Observer aquella carta de su padre del 1935 basándose en primer lugar en que “(…) ahora podemos curar muchos más homosexuales de lo que creíamos  posible antes.  La otra razón es que los lectores podrían ver en ella -la carta de Freud- la confirmación de que todo lo que el  psicoanálisis puede hacer es convencer a los pacientes de que  sus defectos o inmoralidades no son graves y que habrían de aceptarlos con alegría”
Patología, defectos, inmoralidades… y la selección de analistas. La cuestión estuvo planteada desde siempre. ¿Pueden los homosexuales ser analistas? ¿Y si no, porqué no? ¿Por inmorales o  por enfermos? ¿Se derivaba de su elección de objeto sexual alguna influencia negativa sobre sus capacidades mentales que los excluyera  de la posibilidad de practicar el psicoanálisis?
Empecemos por la cuestión moral. Está claro que  inmoralidad descarta moralmente  para la práctica de cualquier profesión en la cual la dicha inmoralidad ocupe la escena  y se apodere de la práctica profesional. Las conductas inmorales que están tipificadas como delitos (la mala práctica, el abuso, la prevaricación) cuando son descubiertas sufren las debidas consecuencias y suelen ser condenadas y castigadas.
Ahora bien, ¿un  homosexual no tiene más salida, sólo por el hecho de serlo y compelido por su propia inercia que incurrir en alguna incorrección? ¿Y cuál  podría ser ésta en el  caso de practicar el  psicoanálisis?
Sensibilidad científica o artística no es incompatible con homosexualidad. Abundan los ejemplos. Capacidad de empatía por el drama humano tampoco. O sea que para excluir de la práctica del psicoanálisis al homosexual hay que definir muy específicamente aquella inmoralidad en la que dada su elección de objeto no tendría más remedio que  incurrir.
Lo inmoral en psicoanálisis es disfrutar del paciente. Errores  podemos cometer todos,  pero aquello  que trasciende el error y para lo que se supone que nos hemos analizado es para no hacer del paciente el objeto de nuestras tendencias, sean sádicas, masoquistas, voyeuristas, exhibicionistas y por el estilo, para no vampirizar sus emociones, para no aprovecharnos de sus angustias o inhibiciones para sentirnos mejores que ellos, etc.  Más bien al contrario, la posición de analista nos coloca como objeto de sus tendencias parciales, para que ensaye  (y fracase gracias a nuestras intervenciones)  el disfrutar de este cuerpo hablante que ofrecemos a sus transferencias. Quizás es por eso que  el funcionamiento mental neurótico  parece ser  el que mejor capacita  para ser analista, porque  como neuróticos  tenemos  tanto miedo a ser perversos que cuando nos equivocamos nos angustiamos y corremos a buscar la supervisión o la corrección de los colegas.
Quiero decir algo que es obvio: cualquiera puede cometer una inmoralidad, pero aquel mejor dotado para  la autoobservación  será el que pueda aprender para la próxima ocasión. Y hablando en general, es decir sin tener en cuenta las variantes individuales, de todos los diagnósticos que conocemos el de neurótico es el mejor candidato para la autocrítica cordial.
Y así hemos pasado de lo moral a lo diagnóstico, cosa nada extraña en psicoanálisis, aquel invento freudiano que hizo de la dimensión de lo moral el corazón mismo del sufrimiento psíquico. Hablar de enfermedad para nosotros es hablar de sufrimiento y este es un buen momento para recordar que para el  psicoanálisis no hay ninguna otra enfermedad que el síntoma,  me refiero a aquel  sufrimiento cargado de misterio y de autointerpretaciones insatisfactorias,  el diagnóstico que nos trae el mismo paciente, el mejor que él se  puede hacer y sin el cual mal podemos analizar nada.
He aquí  una pista, bien freudiana por cierto. Si alguien sufre por el hecho de ser homosexual, si  hace un síntoma de su elección de objeto,  entonces y sólo entonces hay algo a analizar. Si sufre autocríticamente, (que en esto consiste hacer un síntoma) entonces se tratará de un neurótico o eventualmente de un psicótico. Al contrario, si no sufre, entonces será o una persona sana o un perverso, que puede llegar a ser un delincuente o merecer cualquier categoría psiquiátrica que le corresponda sin ser un enfermo en sentido propiamente psicoanalítico.
Repasemos ahora las preguntas.  ¿Los homosexuales no podrían ser analistas por homosexuales o por perversos? Más precisamente, ¿la homosexualidad es una perversión? Ya podréis suponer que mi respuesta es que no necesariamente.
El funcionamiento perverso, que pretende desconocer la diferencia de los sexos y los deseos  del prójimo está basado en la renegación  de la castración,  acción mental que genera una  disociación en el psiquismo. Mal podría un analista perverso guiar su paciente  al reconocimiento de los límites de su subjetividad, a la aceptación de la castración simbólica, la que nos permite tanto considerarnos solamente como personajes únicos entre personajes también únicos como necesitar  ser fieles a nuestras promesas más allá del poder de transgredirlas.   No reconociendo (renegando)  la reproducción bisexuada se desconoce el destino mortal del ser humano, se potencia la ilusión  megalomaníaca  y el otro queda reducido a papel de objeto  víctima de las manipulaciones (intrusivas y violentas o provocadoras de violencia) de este creyente en la omnipotencia de la sexualidad (y en el fondo un adorador radical de su madre) que es el perverso.
Los argumentos en contra de la homosexualidad sólo pueden ser morales o clínicos. El psicoanálisis es la terapia de la humildad creadora, de la asunción de nuestros límites  como la garantía de la potencia, sea sexual, reproductora, artística, científica y humana en general. Del reconocimiento del otro en cuanto que otro y de la administración de la agresividad vital para que no degenere en violencia perversa.
La existencia de sólo un homosexual capaz de hacer esto ya deja  fuera de juego  el argumento que los descalifica como psicoanalistas. Y mirado desde el otro extremo, hay heterosexuales que ni aún queriéndolo mucho disponen de la capacidad analítica,  por lo  que tenemos que concluir que dicha  capacidad  no radica en la elección del objeto sexual.
Porque la homosexualidad en principio sólo es esto: una elección de objeto.   La tesis freudiana permanece vigente. De las tres columnas que construyen la definición sexual, operando  sobre el principio de la condición bisexual del ser humano, las elecciones de objeto se tienen que conjugar con la anatomía y con la trama identificatoria, matriz de la subjetividad. Que  haya homosexuales perversos no autoriza a concluir que todos lo son,  también hay heterosexuales perversos.
El cuerpo de la madre, presente o ausente, y que contiene todas las riquezas del mundo es el enigma original ante el cual todo niño llega al mundo. Para no perder la madre cada niño tendrá que resolverlo  como pueda, algunos se identificarán a ella en su condición de mujer fálica que nada desea porque ya lo tiene todo, otros se identificarán a los signos que orientan su deseo, otros fluctuarán perplejos ante la confusión insoluble  de sus  deseos.
Anatomía, identificación y elección de objeto son los tres elementos del conjunto responsable de encontrar la solución en el vértigo de la bisexualidad. La solución heterosexual  ha sido premiada por la especie, interesada en su conservación. No es la única sin embargo  y por más identificada que esté la solución encontrada con lo hétero la bisexualidad como condición originaria  no desaparece y continúa realizando su trabajo en los laberintos de la mente y esta  empresa  puede ser alegre y creativa  o dolorosa y sintomática.
El verdadero duelo  que tienen que hacer los seres humanos ante el enigma de esta  sexualidad tan poco natural que es la humana es el duelo  por la bisexualidad, más concretamente por la diferencia de los sexos. No le corresponde al  psicoanálisis juzgar sobre la mayor o menor corrección de las soluciones encontradas, sí en todo caso ayudar a resolver aquellas que permanezcan lastradas por el sufrimiento sintomático.

Guillermo Mattioli
Psicoanalista

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