miércoles, 11 de marzo de 2015

Carballo tenía una estrategia (Un asesino en las calles 116).




116 – Carballo tenía una estrategia.

Carballo tenía una estrategia, meterse en el mundo gay, buscar allí al moños, seguro que allí le encontraría, para ello Carballo urdió un plan que incluía una falsa identidad y un disfraz, sería fácil dar con él, Carballo se informaría bien a través de un confidente que tenía en los bajos fondos de Chueca, la idea no dejaba de darle algo de miedo, no sabía qué se podría encontrar en ese submundo, además buscar ahí un asesino era doblemente peligroso, y no solamente un asesino, sino su asesino, el asesino que pretendía matarle, el próximo viernes por la noche empezaría la cacería del moños, eso pensaba Carballo mientras cuando amaneció contemplaba tumbado aún en la cama rodeado de su mascotas las vigas de madera de la buhardilla de la casa del pueblo, en qué mundo tan diferente a ése en el que estaba ahora se iba a internar, pero debía hacerlo si quería salir del atolladero en que se encontraba de una vez por todas, no podía seguir viviendo con esa incertidumbre, al otro lado del pasillo se oían los ronquidos de Bruttini que llegaban desde la habitación de invitados, Carballo se separó de sus mascotas que le mantenían inmóvil en un cariñoso abrazo y se fue a ver qué era del pobre chico, se asomó y contempló como el gatito Cachemir había dormido con él, abrazado a su pecho que subía y bajaba al ritmo regular de unos sonoros ronquidos de hacían retumbar las vigas del techo y resonaban en el silencio de la casa como si una bestia prehistórica estuviera durmiendo en su interior, tendría Bruttini entre sus ancestros algún dinosaurio?, seguro que sí, aquellos ronquidos no eran normales, pero al gatito parecían no afectarle lo más mínimo, es más, parecían acunarle de lo tranquilamente dormido que se le veía, subiendo y bajando sobre el pecho de Bruttini al ritmo cadencioso de su respiración que de vez en cuando se paraba como si quisiera coger aún más fuerza para después emitir un resoplido descomunal que hacía escurrirse al gatito para volverse a subir después en sueños sobre la caja torácica de su amo, el gran Bruttini que tenía pecho de tenor de ópera.
Carballo bajó a la cocina a desayunar, puso la cafetera en el fuego y el pan en el tostador, sacó la mermelada y la mantequilla de la nevera, un zumo de melocotón, algo de fruta, un kiwi, un plátano, uvas, y comenzó a desayunar, de pronto sintió deseos de mezclar la fruta con un yogur y así lo hizo, y además añadió algo de miel, qué a gusto se estaba en la paz del pueblo, cualquier hecho cotidiano era allí un acontecimiento que ensanchaba el alma, uno se alimentaba de aquel silencio, de aquella paz, de aquella tranquilidad, era una pura delicia, se asomó por la ventana de la cocina para ver el jardincillo, aún había nieve, debía de haber estado nevando durante toda la noche, cantaba tímidamente algún pajarito, como si helado de frío esperara pacientemente entonando su trino la llegada de la mañana y del sol, el cielo se veía despejado y una luz radiante comenzaba a inundar todo llenando de colores la penumbra de la noche que se retiraba obediente a los mandatos del día.
Qué pereza!, se dijo Carballo de nuevo, la investigación iba a ser dura, una vez terminó de desayunar se sentó delante del ordenador y abrió la cuarta parte de la verdadera historia de Cony y Brown para leerla mientras los demás se despertaban:

4 -  El superjefe llevaba botines rojos con hebillas

El superjefe llevaba botines rojos con hebillas, resultaba extraño ver esos botines tan estridentes contrastando con su indumentaria un tanto gris, con su aspecto un tanto gris, con su personalidad un tanto gris, en un hombre tan gris aquellos botines hacían pensar que bajo esa apariencia de normalidad algo no iba bien, daba la impresión de que podía ser uno de esos que un buen día coge una metralleta y acaba matando a todos los que tiene alrededor, tal vez los botines eran un resto de sus noches locas, pensaba uno si tal vez por las noches se convertía en alguien diferente, como si concentrara de noche todas las infracciones a las normas que de día era incapaz de hacer alguien como él adicto al control y al autocontrol, todo debía ser una comedia también, un juego, una imagen irreal, ¿qué habría detrás?, nadie lo llegaría a averiguar nunca seguramente.

A Brown esos botines no se le iban de la cabeza, había algo que no casaba, pensaba, y eso le alarmaba, cuando veía al gran jefe, en contadas ocasiones, hacía por no mirar los botines, le parecía descortés el hacerlo, como si violara la intimidad última del gran jefe, pero aunque intentara no verlos los veía de reojo, aquellas dos manchas rojas flotaban en torno a su mirada que disciplinadamente no se separaba de los ojos del gran jefe, que era agradable en apariencia, tranquilo en apariencia, trabajador en apariencia, severo en apariencia, dialogante en apariencia, competente en apariencia…

Brown tenía, pese a todas sus sospechas, un buen concepto del gran jefe, en una empresa tan complicada, con una gente tan rara, acostumbrada a hacer de siempre lo que le daba la gana, él cuando llegó puso orden con mano firme, o mejor decir mano dura, era inflexible, muy rígido, muy reglamentista, inamovible en sus decisiones que con frecuencia eran consideradas draconianas, y lo eran con arreglo a la cultura imperante en la empresa, pero no debían de serlo tanto para él, para su mentalidad, lo cual hizo que pronto la empresa se amoldara a su mentalidad como un guante y que todo marchara como un reloj, sin sobresaltos, sorpresas, complicaciones.

Hasta donde Brown sabía el gran jefe era eminentemente práctico, poco o nada influenciable y muy cabezón, era además difícil engañarle, eso fue bueno para Brown, el gran jefe enseguida supo que Brown era de fiar dijeran lo que dijeran de él y decidió apoyarle al menos por un tiempo. Y eso Brown no lo olvidaba aunque guardaba un regusto amargo de los momentos finales antes de que se marchara de la empresa, ahí estuvo cruel, pero el gran jefe era así para lo bueno y para lo malo, era como una máquina, frío, implacable, inescrutable.

Brown siempre pensó que si se hubieran conocido en otras circunstancias se hubieran llevado bien, hubieran podido incluso llegar a ser amigos.

Pero aquellos botines rojos preocuparon siempre demasiado a Brown, sin darse cuenta que era precisamente lo que les unía a ambos, ese mundo oculto en el cual se encontraban y eran afines, ahí es donde conectaban y se sentían seguros el uno con el otro, se caían las vendas y no tenía sentido cualquier cosa que dijeran de ellos. Brown siempre pensó que ese mundo oculto del gran jefe no era sino una bondad reprimida, una bondad con la cual el gran jefe sabía que no se podía ir a ninguna parte.
Brown desde Vancouver 

(continuará)

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