viernes, 25 de noviembre de 2011

La derrota aceptada.

Adriano. Museo Británico.

Querido Marco:

He ido esta mañana a ver a mi médico Hermógenes, que acaba de regresar a la Villa después de un largo viaje por Asia. El examen debía hacerse en ayunas; habíamos convenido encontrarnos en las primeras horas del día. Me tendí sobre un lecho luego de despojarme del manto y la túnica. Te evito detalles que te resultarían tan desagradables como a mí mismo, y la descripción del cuerpo de un hombre que envejece y se prepara a morir de una hidropesía del corazón. Digamos solamente que tosí, respiré y contuve el aliento conforme a las indicaciones de Hermógenes, alarmado a pesar suyo por el rápido progreso de la enfermedad, y pronto a descargar el peso de la culpa en el joven Lollas, que me atendió durante su ausencia.
Es difícil seguir siendo emperador ante un médico, y también es difícil guardar la calidad de hombre.
El ojo de Hermógenes sólo veía en mí un saco de humores, una triste amalgama de linfa y de sangre.
Esta mañana pensé por primera vez que mi cuerpo, ese compañero fiel, ese amigo más seguro y mejor conocido que mi alma, no es más que un monstruo solapado que acabará por devorar a su amo.
Haya paz...
Amo
Mi cuerpo; me ha servido bien, y de todos modos no le escatimo los cuidados necesarios.
Pero ya no cuento, como Hermógenes finge contar, con las virtudes maravillosas de las plantas y el dosaje exacto de las sales minerales que ha ido a buscar a Oriente.
Este hombre, tan sutil sin embargo, abundó en vagas
fórmulas de aliento, demasiado triviales para engañar a nadie.
Sabe muy bien cuánto detesto esta clase de impostura, pero no en vano ha ejercido la medicina durante más de treinta años.
Perdono a este buen servidor su esfuerzo por
disimularme la muerte.
Hermógenes es sabio, y tiene también la sabiduría de la prudencia; su probidad excede con mucho a la de un vulgar médico de palacio.
Tendré la suerte de ser el mejor atendido de los enfermos.
Pero nada puede exceder de los limites prescritos; mis piernas hinchadas ya no me sostienen durante las largas ceremonias romanas; me sofoco; y tengo sesenta años.
No te llames sin embargo a engaño: aún no estoy tan débil como para ceder a las imaginaciones del miedo, casi tan absurdas como las de la esperanza, y sin duda mucho más penosas.
De engañarme, preferiría el camino de la confianza; no perdería más por ello, y sufriría menos.
Este término tan próximo no es necesariamente inmediato; todavía me recojo cada noche con la esperanza de llegar a la mañana.
Dentro de los limites infranqueables de que hablaba, puedo defender mi posición palmo a palmo, y aun recobrar algunas pulgadas
del terreno perdido.
Pero de todos modos he llegado a la edad en que la vida, para cualquier hombre, es una derrota aceptada.

Margueritte Yourcenar. Memorias de Adriano.

No hay comentarios:

Publicar un comentario