martes, 15 de noviembre de 2011

El rincón favorito de mi gato.


¡Menuda mirada de listo! Y de atrevido, a mi gato no le amilana nada.

Es riquísimo, ¿verdad?, ¿a que parece un muñeco?, es mi gato Pipi, del que ya os he hablado antes, el que se bebe el agua de la bañera, no es Negrito, como puede apreciarse, Negrito es mi otro gato, del que también os he hablado, ¿recordáis?, Negrito es el que parece una pantera, Pipi parece un tigre, ¿verdad?

Algún famoso escritor dijo en alguna ocasión que Dios dió el gato al hombre para permitirle sentir el placer que se siente acariciando a un tigre.

Pues ése es el placer que yo siento acariciando a Pipi, que es mi tigre de Bengala.

Me siento una especie de Rudyard Kipling en la India al lado de Pipi, mi tigre particular.

En la foto aparece retratado esta mañana en su rincón favorito, subido a la encimera de la cocina, entre la cafetera, los pucheros y las sartenes, junto al bote de la sal, el del pimentón, y la botella del aceite, debajo se la campana extractora, sobre la placa vitrocerámica (apagada), o la tabla de madera de cortar.

Desde esa atalaya domina la selva de mi casa, su territorio, donde reina feliz, en verano tumbado al sol en el tendedero, y en invierno acurrucado debajo de algún radiador o subido a la cama, lamiéndome la cara y dándome mordisquillos en la barbilla, subido sobre mi pecho y mirándome a los ojos con una mirada tan firme y profunda de amor que no puedo soportar.

Pipi y yo, menuda historia, parece sacada de un cuento de Andersen, pero eso ya lo contaré otro día...

el paseante 

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