jueves, 9 de agosto de 2012

La mística dama por Antonio Peñafiel.

LA MÍSTICA DAMA

Morning Sun (Hopper)

La realidad lacónica y fría se había estrellado sobre la vida de la misteriosa mujer que habitaba en la casa roja, era conocida como  “la mística” en la zona; después de muchos años de relaciones tortuosas basadas en la dependencia emocional había llegado a una conclusión súbita y demoledora: “probablemente llevaba consumida la mitad de su vida, entregada a los deseos de los demás, y se había olvidado de sus propios deseos”.
Por inercia del destino; la dama mística había replicado en cuatro ocasiones la elección del perfil de pareja inquisidora e insegura que la había llevado a su depresión: Ella buscaba un hombre que le proporcionara seguridad, protección, alegría, complicidad, pasión, libertad, y amor incondicional y del bueno <amistad donde el tiempo no existe y seducción apasionada> , pero se encontró en cuatro ocasiones con un celoso empedernido, inseguro,  y  violento, con una ausencia total de empatía.
A la pobre Laura le habían cosificado entre todos. Para ellos sólo era un fetiche, un objeto de su propiedad. Sus deseos nunca les importaron, sólo la obsesión permanente y redundante de controlar todos sus movimientos para no dejar ni un ápice de libertad al objeto poseído.
Al principio siempre pensaba que eran diferentes; encantadores, detallistas, abiertos de mente, seguros de sí mismos; pero en realidad eran proyecciones del deseo anhelado de la dama; eran construcciones mentales que creía encontrar en sus parejas, y al final veía lo que quería ver; teñía la realidad  y la vestía para la ocasión, pero no dejaba de ser una entelequia que se apoderaba de la mente de Laura.
Al poco tiempo empezaban las restricciones: no puedes vestir así, no puedes quedar con tus amigas, no puedes hablar con éste, tu familia me tiene manía deja de verlos, no me gusta tu compañera de trabajo, etc… y vuelta a empezar. Ella negaba la mayor y se resistía a reconocer que se había vuelto a equivocar, era tan romántica que no quería aceptar que sus deseos no formaban parte de la realidad, eran sólo eso: emociones y pensamientos que ella había labrado con la esperanza de encontrar la felicidad como ella la deseaba.
Ahora no era momento de quedarse enganchada en el pasado, quedaba una vida por vivir, una nueva historia que narrar, pero con otro guión; el guión de la serenidad que proporciona la experiencia vivida, el guión de un nuevo relato donde la protagonista fuera la dama, y no sus emociones distorsionadas por la utopía de un cuento de hadas, una nueva novela donde el amor propio fuera el que descansara en sus  relaciones, donde su libertad, dignidad y autoestima fueran los elementos prioritarios de su vida, donde Los datos  no se maquillaran con emociones extremas difusas y confusas.
Ahora la dama era dueña de sí misma, sabía lo que quería y lo que no quería, y rodeada de su familia que siempre la había apoyado, empezó a ser feliz con un proyecto de vida no basado en las conjeturas infantiles inconscientes, sino  en la libertad construida a base de instantes reales llenos de pasión y alegría. 
 
Antonio Peñafiel Olivar
 

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